Nueva columna semanal con referencias interesantes en otra entrega más. ¿Quién anda ahí? Móstoles. Las pirámides

Aún era tiempo de mesones. Superdetective en Hollywood, Rambo, Rocky y Regreso al futuro marcaban una época. El sol brillaba en los corazones y el ambiente de creatividad nos ilusionaba y nos convencía de nuestras posibilidades para realizar cuanto deseásemos. Utilizábamos las cabinas de teléfono y nos encontrábamos con los amigos en el mismo lugar de siempre. Los Multicines Iviasa se atestaban de espectadores, sobre todo en las sesiones de las siete y las ocho, y paseábamos por las calles con nuestros amigos charlando de todo y de nada, bromeando y cavilando nuestros proyectos cimentados sobre sueños y anhelos, deseos e inquietudes.

Mis padres mantenían la casa de Moratalaz en la que nos criamos de niños y comenzaron a escaparse los fines de semana. Nosotros andábamos en plena juventud y podíamos apañarnos solos. Me agradaba alguno de esos momentos porque decidíamos cenar en Las pirámides, un pequeño bar de la calle Pintor Rosales con entrada también desde la calle Velázquez, que era por donde accedíamos la mayoría. Las pirámides era un lugar único y peculiar, máxime para aquella época, regentado por un egipcio de tez morena y pelo oscuro. Tenía una barra pequeña en la que se apostaban los habituales y un pequeño y acogedor salón con mesas altas egipcias de latón dorado y dibujos bajorrelieve. Eran mesas algo endebles para un público acostumbrado a apoyarse en ellas; las mesas tradicionales egipcias son bajas, pensadas para sentarse en el suelo. Me encantaban aquellas mesas que eran como grandes bandejas que recordaban lugares exóticos y lejanos. Sin embargo, lo mejor era la comida que servía aquel hombre, su celebre shawarma con carne marinada de cordero asada en un asador vertical. Aquella imagen era nueva para nosotros, no habíamos visto nada así. La servía acompañada de Toum (una salsa cremosa de ajo fuerte), de Tahini (una salsa de sésamo) y de salsa de yogur, además de con una fina y sencilla ensalada bien desmenuzada y pan de pita caliente. También se servía con otra presentación; de hecho, con frecuencia pedíamos una pita shawarma, francamente exquisita, que era el plato preparado dentro del pan de pita a modo de bocadillo. Siempre acabábamos repitiendo y tomando dos. Era una carne riquísima que hacía nuestras delicias. Me pregunto cuántas pitas shawarma habré podido tomarme en aquel lugar al que asistía a menudo con algunos amigos y con mis hermanas.

No había ningún lugar siquiera parecido en toda la ciudad y me atrevería a decir que en todo Madrid. Es posible que fuera mi primera experiencia con las apariencias engañosas de algunos locales, que esconden grandes y maravillosos secretos en su interior. Creo que hay abierto un bar ahora que se llama Dos Pasos, si quieres visitar el sitio y hacerte una idea del espacio, querido lector. Se trata de un bar pequeño, humilde podría decirse, y no obstante servía una comida verdaderamente exquisita y de una calidad excepcional, inimaginable ahora. Más de una vez me pregunté cómo no lo encontrábamos repleto de clientes, aún hoy me lo pregunto. Lo usual era encontrar mesa sin mayor inconveniente, incluso estar solo en el salón o encontrar ocupadas apenas un par de mesas o tres. Sin embargo, creo que muchos veteranos de este municipio recordamos y hemos conocido ese lugar, esos shawarmas y a aquel egipcio.

El dueño abrió otro local en la calle del Cristo, si mal no recuerdo, pero no llegó a estar abierto mucho tiempo ni parecía tener ningún parecido con el primigenio Las pirámides, con nuestras pitas shawarma del barrio, que también podían ser de pollo o de ternera. Nunca llegué a probar estas opciones porque las de cordero me perdían por completo. Muchos años quedaron marcados por ese lugar y esa comida como si formaran parte de mi seña de identidad. Aquellas tardes y noches, aquellos deleitosos sabores… quedaron atrás con el tiempo, las responsabilidades y el cierre definitivo del bar egipcio. Lo sentí como una gran pérdida, una de esas pérdidas que nos muestran la sucesión definitiva de las épocas y la perennidad de las huellas que deja en nuestro ser cuanto nos hace felices en momentos cumbre de nuestra existencia.

Años después comenzaron a propagarse los kebab, conocidos así por ese plato de origen persa. La palabra significa «carne a la parrilla» y su forma de preparación es, igualmente, en un asador vertical. Podría decirse que es similar al shawarma, incluso el mismo plato. La diferencia estriba en que el primero es de origen turco y el segundo de origen árabe (lleva, por tanto, más especias también). Personalmente, encuentro una diferencia abismal entre ambos, pese a «ser lo mismo». El kebab es un plato rápido y más sencillo en tanto que el shawarma está más elaborado y cuidado. Por desgracia, los kebab han proliferado por toda la ciudad y tanto el shawarma como el ingrediente del cordero han desaparecido como si nunca hubieran existido. Últimamente, incluso las salsas han dejado de formar parte de la receta, reducida a una carne de ternera o de pollo con una maltrecha ensalada. Reducida, si se me permite, a lo grotesco y preparada de manera rápida y descuidada.

Mi hermano quedó fascinado por el poder de las pirámides cuando era un chiquillo. Leyó un libro que incluía una pirámide de cartón delgado para experimentar la veracidad del relato que contenía. Según éste, la orientación, la altura y otros diversos aspectos, influían en la energía que las pirámides movían en su interior. Años después abrieron Las pirámides y disfrutábamos de aquellos shawarmas. Escribo sobre ello y recuerdo esa curiosidad de mi hermano por los misterios del mundo, asociándolo a aquellos momentos de merienda-cena en el bar de los shawarmas. Las pirámides tienen un magnetismo enigmático, las vivencias que marcan nuestra vida lo tienen. Los sucesos devienen de manera desordenada pero coherente, con un significado concreto a menudo desvelado a nuestra observación con la perspectiva que otorga el tiempo.

Aquella fue una época de cambios. Llegaron como novedad a Móstoles nuevas fórmulas destinadas a cambiar nuestros hábitos y costumbres. Las Pirámides y los precocinados Ferreiro fueron dos novedades que cambiaron nuestras vidas para siempre. Este último fue el primer precocinados abierto en Móstoles y seguramente en la Comunidad de Madrid y, por fortuna, aún permanece prestando servicio en la calle del Pintor Miró casi cuarenta años después. Los Todo a Cien fueron otra novedad que se propagó de manera imparable dando lugar a los bazares chinos que forman parte del paisaje actual de la ciudad.

¿Qué no daría yo por volver a degustar un shawarma como aquél? A veces quisiera ser un creador de pequeños mundos. Podría volver a inaugurar Las pirámides en aquel acogedor rincón, mantener abierta la galería de alimentación Goya con todos sus puestos habituales, reducir considerablemente el tráfico y todos los problemas que conlleva la superpoblación… Quizá la memoria esté compuesta de esos pequeños mundos que creamos (con conciencia o sin ella) con nuestras vivencias, los entornos que las acogen y las coyunturas de cada época. Nada regresa, pero el recuerdo perdura y, con él, aquella felicidad pasada que nos pasó desapercibida en toda su magnitud, que se crece con el paso de los años y que resplandece hoy como el oro en el lecho del río.

*Queda terminantemente prohibido el uso o distribución sin previo consentimiento del texto o de las imágenes que aparecen en este artículo.

Suscríbete gratis al

Canal de WhatsApp 
Canal de Telegram

La actualidad de Móstoles en mostoleshoy.com